A lo largo de la historia se ha tolerado y estimulado la violencia como una forma de resolver las tensiones y los conflictos. Todas las mujeres vivimos en mayor o menor intensidad formas de violencia. Sufrimos violencia cuando no reconocen ni valoran nuestro trabajo, cuando nos hacen callar haciéndonos creer que nuestra opinión no es importante, cuando se utiliza un lenguaje sexista, cuando nos pagan menos que a los hombres por realizar las mismas funciones, cuando tenemos que convivir con mensajes publicitarios que nos tratan como objetos sexuales, cuando sentimos miedo por caminar solas…
El proceso de socialización a través del cual las personas asumimos reglas y normas de comportamiento se produce, fundamentalmente, en dos ámbitos: la familia y la escuela. En el proceso de socialización intervienen, además, las instituciones políticas, religiosas y administrativas, así como el medio laboral.
Con todos estos mecanismos la sociedad presiona para que las personas pensemos y actuemos de forma diferente según seamos mujeres y hombres. Es decir, se espera que ejerzamos nuestro rol sexual de manera "adecuada". No hacerlo, supone romper, enfrentarte, cambiar las normas fuertemente tejidas a lo largo de la historia. Por lo que los costes emocionales: culpa, miedo, inestabilidad… son muy altos y es importante el apoyo grupal para no sentirse sola.
Se debe educar en la igualdad. Desde pequeños los niños aprenden a responder agresivamente y se entrenan en aspectos activos como ganar, luchar, competir, apoderarse, imponer, conquistar, atacar, vencer, etc. Mientras que las niñas aprenden a ceder, pactar, cooperar, entregar, obedecer, cuidar… aspectos que no llevan al éxito ni al poder y que son considerados socialmente inferiores a los masculinos.
De acuerdo con la organización patriarcal de la sociedad, ambos sexos hemos desempeñado siempre papeles sociales diferentes. Así, los hombres han predominada en todas las esferas de la vida, quedando las mujeres reducidas al espacio doméstico de la familia.
Este reparto de papeles ha permitido que las mujeres seamos consideradas como una propiedad del hombre, de la misma forma que lo son los hijos y las hijas. Afortunadamente, esta situación está comenzando a cuestionarse; las mujeres, cada día en mayor medida, nos integramos a otras esferas de la vida.
Hasta hace pocos años, no se consideraba como un delito la violencia física o psíquica ejercida entro del ámbito familiar o de pareja, sino como "asuntos privados" de las parejas o "cosa de dos".
Mientras persista la violencia dentro de la familia, nuestra sociedad la tolere, muchas mujeres permanecerán en este ambiente familiar de maltrato que puede causarles inseguridad, miedo y, en algunos casos, la muerte.
La violencia contra las mujeres no se da únicamente dentro de la pareja. Las mujeres, también sufren violencia por parte de otros hombres: parientes, jefes y compañeros, vecinos, amantes, extraños… Así, por ejemplo, las mujeres mayores pueden ser maltratadas por sus hijos u otros parientes. Las prostitutas a menudo sufren la violencia ejercida por sus "chulos" y clientes.
La cultura militarista y bélica trae consigo formas de violencia especialmente dirigidas a las mujeres: tortura y violaciones sexuales, persecución, presión emocional, desapariciones, encarcelamiento e incluso la muerte son prácticas usuales en los conflictos armados. Uno de los logros de la IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres (China, 1995) ha sido considerar como crímenes de guerra a las violaciones que se producen en estos conflictos.
Hay que señalar el papel negativo que juegan los medios de comunicación, reforzando una imagen y un lenguaje marcadamente diferentes para cada uno de los sexos, habiendo aparecer a las niñas en papeles y situaciones de clara desigualdad y subordinación. Las imágenes de violencia que aparecen contra las mujeres, en particular violaciones o esclavitud sexual, así como el uso de mujeres y niñas como objetos sexuales, incluyendo la pornografía, contribuyendo a perpetuar la violencia contra las mujeres.
La pornografía tiene consecuencias ideológicas y políticas sobre las mujeres. Su forma de entender las relaciones entre los sexos, es profundamente violenta y humillante; pudiendo favorecer. El uso y la comercialización del cuerpo y la sexualidad de las mujeres como mercancía disponible en el mercado, utilizable y desechable según los deseos de sus dueños, legítima una forma sexista y jerárquica de entender las relaciones entre hombres y mujeres.
Menos visible es la heterosexualidad forzada. Las lesbianas han de soportar una continua situación de violencia y discriminación en los diferentes ámbitos de su vida; familiar, laboral, político, religioso, educacional, cultural, económico y legal.
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